Deje atrás al optimismo

el optimismo

Un viejo adagio dice que dónde el pesimista ve un vaso medio vacío, el optimista lo ve medio lleno. Quizá deberíamos preguntarnos por el contenido de ese vaso y por la situación en la que ese vaso se encuentra. Suponga que debiéramos bebernos ese vaso (la situación) y ese vaso está medio lleno de orina (el contenido), no hay optimismo ni pesimismo en esa descripción. En verdad se trata de una pobre construcción verbal, donde optimismo y pesimismo son tan inútiles como las líneas que está usted leyendo.
El encuentro con aquellos que se autodenominan “optimistas” recuerda a la situación de tener que beber medio vaso de orina. Lo primero que surge es el rechazo, lo segundo la urinoterapia y la reflexión acerca de los poderes vivificantes de la aguas menores. En el caso de los optimistas el rechazo primero debería ser reemplazado por la alabanza hacia la genialidad de ese alguien que sabe como vivir, tomarlo como modelo de vida y, si la ocasión lo permite, intentar repetir la escena, con otro individuo, asumiendo uno el papel del optimista para obtener su valoración y admiración.
Otra genialidad del optimismo es la verdad que reza “Al mal tiempo buena cara”. Ahora, ¿en qué punto se hace necesaria una buena cara para el mal tiempo? Mis mayores solían hablar de un juego llamado “péguele al negro”. El divertimento constaba de arrojarle objetos contundentes a un hombre de color. Lo que también contaban mis mayores era que el hombre que se prestaba a la prueba, mostraba una sonrisa constante. Esa es otra gran enseñanza del optimismo. Soportar todo con una sonrisa.
En “El Túnel”, Ernesto Sabato (un hombre que no ha debido reír mucho), escribía “todo tiempo pasado fue peor”. Explicaba que el recuerdo siempre engaña y que olvidamos lo malo a favor de lo bueno. De hecho cualquiera que ha tenido un accidente (y vive para contarlo), no evitará la tentación de hacer del evento una anécdota risueña. En alguna reunión, relatará, buscando el efecto cómico, el modo en que le amputaron un pie o cómo su esposa se fugó con su mejor amigo: un gran danés. En este punto es pensable que el optimismo es una suerte de engaño ante las situaciones penosas.
Entonces ¿qué determina que algo sea positivo o negativo? Pensemos en dos refranes, que tienen por objeto de predica al “madrugar”. El primero, por capricho y no por orden, nos dice “no por mucho madrugar se amanece más temprano”. El segundo, menos verosímil pero más creyente, reza “al que madruga Dios lo ayuda”. Si tomásemos al refrán como una regla de vida, se nos plantea un verdadero dilema: ¿qué debemos hacer? ¿Madrugar y esperar la ayuda divina? o ¿dormir y aguardar al amanecer? La respuesta es obvia: no debemos tomar al refrán como regla de vida.
El filósofo prófugo Marcos Izaguirre, en una comunicación personal, adoctrinaba que “no hay mal que por bien no venga” y luego invertía los términos y decía “no hay bien que por mal no venga”. Escuchándolo, me sumergí en una reflexión. Primero sospeché que Marcos estaba tratando de transmitir un saber y luego recordé que Marcos era un hombre muy solo y con demasiado tiempo libre. Concluí mis pensamientos mostrando una sonrisa enigmática, esa misma que utilizo cuando no entiendo algo y no quiero seguir dándole vueltas a un asunto.
Lo cierto es que no dejo de sospechar que optimismo y pesimismo son dos categorías sociales. Son posturas que se muestran ante otro. Cada cual sabe cómo vivió su accidente o el abandono de la esposa por el gran danés. Que se nos haya muerto un tío atragantado con pan dulce, puede ser una experiencia terrible contada ante alguien que ha tenido una pérdida reciente, o un relato desopilante si se lo contamos a un cínico.
En última instancia lo importante siempre será ganarse la aprobación de quien escucha. Y, en el fuero íntimo, ser un infeliz.

Claudio de la gente, para http://www.humorcomico.com

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